Guerrero de gran fuerza, he participado en tantas batallas contra otras personas. Ser guerrero me dio la oportunidad de ver estas tierras ser regadas por la sangre de mis enemigos y hasta la sangre mía. He visto estas tierras teñidas del rojo más hermoso sobre la faz de la tierra. Un rojo que muchas personas han llegado a sufrir con su propio dolor y que rompe abruptamente el silencio incesante de la monotonía. Lo he disfrutado.
Ahora esos días y esas guerras han pasado. Ya las espadas duermen sin parar en sus vainas y encima de las hogueras de las casas a modo de recuerdo, para que el filo de sus hojas no olviden el calor de la batalla y tampoco olviden para que fueron forjadas. Ya la tierra no tiene la misma finalidad, ya las sombras son cada vez más grandes, e incluso mis músculos comienzan a sentirse inútiles. Muchos de nosotros los guerreros comenzamos a sentirnos inútiles en esta tierra pacífica, no tenemos lugar ni motivos específicos.
Cabalgué rápido y veloz atravesando el bosque, mi caballo fiel conocía cada rama en el camino y mis oídos estaban concentrados hasta el infinito al eco de los árboles. A lo lejos escuché el aullido de los lobos acercarse a mí y sonreí con mucha emoción, acariciando con mi mano derecho mi espada y sintiendo atado en mi cadera mi hacha favorita. Mi misión en ese sitio tan odiado para mi era acabar con cinco lobos que tenían atemorizados a los cazadores del pueblo. A esto había quedado.... Suponía que era mejor a quedarme a beber en las tabernas. Pero no podía alejar de mi mente lo insatisfecho que me sentía al respecto. Matar era lo único en lo que servía. Lo supe desde el día inolvidable de mi primera batalla, cuando le arrebaté la vida a alguien más. Sólo sentía la paz cuando mataba, y cuando sentía el corazón de mis víctimas detenerse, sabía de nuevo lo que era la paz. Me lamento al pensar que esos días quedaron atrás.
Tan absorta estuvo mi mente en ese lapso de tiempo que me sorprendí cuando mi caballo se detuvo abruptamente. Fijé mi vista en el horizonte y pude observar a tres lobos grises aparecer como si fueran fantasmas detrás de unos árboles. Eran enormes bestias de grandes colmillos que no se tomaban molestias al mostrarlos. De hecho, me fascinó enormemente que lo hicieran. Fue interesante la experiencia al verlos, por una parte yo no sentía el menor temor, y por otra parte me costaba controlar mi montura, el miedo que ella mostraba no era normal. Me bajé de ella inmediatamente y le di la orden de que se fuera a donde quisiera.
Me sentí raro en ese momento, nunca me había alejado de mi montura en un momento de peligro y nunca había puesto pie en tierra de forma tan seguro como lo hice ese día. Desenvainé mi espada con la mano izquierda y sostuve mi hacha con la derecha. Los tres lobos seguían aullando... y muy lejos a mi espalda pude escuchar el aullido de otros lobos. Mi sonrisa no podía ser más grande. Aún así la sensatez no me había abandonado, debía apurarme con los lobos que tenía a mi frente. Ellos no despegaban la vista de mi frente, y sus dientes me causaban placer. Dos de ellos caminaron lateralmente hasta rodearme y el otro quedó frente a mí. Con sus miradas desafiantes clavadas en mí se lanzaron hacia el ataque, y en menos de un segundo mis reflejos me impulsaron hacia atrás al tiempo en que agitando mi espada pude abrirle el cráneo a uno de los lobos. En ese instante vi la sangre salir de su herida y caer en la nieve como lo había hecho antes, todo volvía a ser como antes, pero distinto. Los otros dos lobos reaccionaron inmediatamente y parecía que su compañero no les fuera de importancia. Pero en realidad ellos seguían concentrados en mí, cuales cazadores incesantes se lanzaron de nuevo contra mis piernas. Y esta vez mi hacha fue la protagonista, cuando con un movimiento rápido atravesó el cuello del lobo que más cerca estaba de mí.
En ese simple instante algo más sucedió. Algo que no tenía planeado. Vi sangre brotar a mi lado izquierdo, sentí una incómoda punzada en mi brazo, y luego observé que otros tres lobos se habían aparecido a mi lado. Mi espada cayó al piso, y mi mano ya no era ella misma... Ahora mi sangre bañaba estas tierras insípidas y yo me sentía orgulloso por ello. Levanté mi brazo a una altura mayor que la de mi cabeza y hundí mi hacha en el estómago de la bestia intrusa haciendo que ésta me soltase. Los dos lobos a mi espalda trataron de morderme las caderas sin éxito, gracias a mi armadura. El lobo restante a mi frente, corrió salvajemente contra mí y usé lo que quedaba de mi brazo izquierdo como escudo, sintiendo de nuevo como se hundían sus dientes en él. Lo apreté fuerte contra el piso y luego hundí mi hacha en su cráneo. En ese preciso instante mis ojos se tiñeron de sangre. Seguido por un dolor en mi cuello en forma de dos agujeros que se hizo más fuerte con el paso del tiempo hasta luego, simplemente, dejar de sentirlo.
No sé a ciencia cierta qué pasó. Tampoco quise enterarme de ello. Sólo sentí una paz duradera y todo a mi alrededor cambió de forma, adoptó una luz propia... todo... me causa alegría....
PD: El bohemio manifiesta infinitas gracias a marife, quien se ofrecio a ponerle los acentos a todo el texto. GRACIAS =D
